Feminismos, jerarquías y contradicciones, per Teresa Maldonado a Pikara Magazine

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5750687789_eba13d3e18Las controversias en torno al uso del lenguaje (las feministas lo sabemos de sobra) no son triviales, al contrario; como muy bien vio el recientemente fallecido Thomas Szasz, la lucha por el lenguaje es una lucha por el poder. Según él mismo dejó escrito, “en el reino animal la batalla es ‘comer o ser comidos’; en el reino humano, ‘definir o ser definidos’. (…) El primero que toma la palabra impone la realidad al otro. Quien así define domina y vive, y quien es definido es subyugado y puede que muerto”[1].

Hoy, entre feministas, no se oye hablar prácticamente de ‘feminismo’. Ahora hay que referirse a ‘los feminismos’, en plural, y ese plural se ha convertido en una forma de ortodoxia feminista que ninguna feminista osa cuestionar, hasta el punto de que una oradora en una tribuna feminista puede referirse en la misma frase a “los feminismos y el ecologismo” (sic) o hasta el punto de caer en la contradicción performativa más flagrante.

Una contradicción performativa es aquella que se produce cuando el contenido de una afirmación es incompatible con las condiciones necesarias para que tal afirmación se lleve a cabo. Por ejemplo, si afirmo “he muerto” estoy incurriendo en una contradicción de ese tipo, dado que se supone que para poder hacer esa (u otra) afirmación debo estar viva, es decir; no muerta. Es, por tanto, aquella contradicción que se da entre lo que las lingüistas llaman nivel locucionario y nivel ilocucionario del acto de habla, o sea; en román paladino, entre lo que decimos y lo que hacemos[2].

¡Claro que hay muchas y variadas concepciones feministas! Lo que no se entiende es esa necesidad de tener que marcar constantemente el territorio para que quede claro que una es la que está en la posición correcta… ¡a la vez que se pretende criticar que se establezcan posiciones correctas!

Me parece que una contradicción de este tipo es aquella en la que incurren algunas feministas que denuncian la existencia de jerarquías entre feministas, estableciendo a su vez ‘otras’ jerarquías entre ellas que también deberían ser objeto de su denuncia. Hace unos días se generalizó en los muros de Facebook que frecuento una foto de Natalia Andújar[3], a la que iba asociado este escueto texto entrecomillado (lo que hace suponer que se trata de palabras de su autoría): “Muchas feministas institucionales y mediáticas se han arrogado el derecho a decidir quién es feminista y quién no, cómo deben pensar las mujeres, cómo deben vestirse, cuál ha de ser su agenda política y cómo deben combatir las religiones para, finalmente, entrar en el templo feminista-blanco-burgués”[4]. No me parece demasiado difícil de percibir que en esta afirmación hay una decisión bastante explícita sobre quién o quiénes son correctamente feministas y quiénes no lo son. Correctamente feministas desde la perspectiva de quien hace la afirmación, claro está. Es decir; es una afirmación que critica el hecho de que se establezcan jerarquías entre feministas buenas y feministas malas y que, a la vez, apunta que hay unas feministas que no son buenas feministas.

No ocultaré la sorpresa, primero, y el desasosiego, después, que me produce siempre el gran éxito de público y crítica que suscitan este tipo de afirmaciones en determinados círculos feministas. Apunto solo, sin desarrollarla aquí, mi sospecha de que este éxito está estrechamente relacionado con las reticencias para el reconocimiento de autoridad entre mujeres (y entre feministas), vinculado a su vez con la famosa tiranía de la falta de estructuras en nuestro movimiento (o, si preferís, en nuestros movimientos).

¡Claro que hay muchas y variadas concepciones feministas! Hasta el punto, como decía arriba, de que el feminismo hoy en determinados ámbitos solo se enuncia en plural. Y claro que todas las feministas nos sentimos más cercanas de unos planteamientos feministas que de otros. Lo mismo podríamos decir sobre nuestras simpatías con los diversos ‘ecologismos’ o ‘anticapitalismos’ (es evidente que es mucho menos habitual usar el plural en estos casos. Supongo que nadie pensará que es casual). El intenso debate entre diversos planteamientos feministas es la marca de la casa de un movimiento que, ya desde hace tiempo, se dedica más a la discusión interna que a la refutación de los planteamientos antifeministas. Bienvenido sea siempre el debate. Lo que no se entiende es esa necesidad de tener que marcar constantemente el territorio para que quede claro que una (la que habla, ‘el sujeto de la enunciación’ que llaman lxs pedantes) es la que está en la posición correcta… ¡a la vez que se pretende criticar que se establezcan posiciones correctas!

Me parece evidente, por otro lado, que no puede dejar de haber una mínima definición de feminismo. Los comentarios a la imagen y al texto de Facebook a los que me he referido antes incluían de todo: desde quien le daba la razón afirmando que “hay feministas que pareciera que compraron la patente” a quien decía que “queda claro: se puede ser femenina y feminista” o que “se puede estar a favor de una causa común y pertenecer a ideologías políticas, religiosas, morales y sociales diferentes. Eso no nos hace menos feministas”.

No seré yo quien diga a quién corresponde establecer “quién es feminista y quién no”. No creo tampoco que ninguna feminista haya pretendido nunca detallar “cómo deben pensar las mujeres”, ni “cuál ha de ser su agenda política”. Ahí tenemos el ejemplo de Clara Campoamor -supongo que todas las feministas actuales la tendremos por pionera-, que en su lucha por el derecho al voto para las mujeres no aceptó como pertinente el ‘argumento’ en su contra de que las mujeres votarían masivamente a la derecha antifeminista, como por otro lado hicieron. Pero que no prejuzguemos el uso que las mujeres hagan/hagamos de la libertad que reclamamos, ¿significa que ‘cualquier’ forma de pensamiento o ‘cualquier’ agenda política pueda ser tenida por feminista o nos tenga que parecer bien obligatoriamente?

La idea de que el feminismo puede estar adherido a cualquier planteamiento político es recurrentemente repetida en algunos foros. “El verdadero feminismo abarca a todas las mujeres. No es el producto de una ideología política. Abarca a mujeres conservadoras y libertarias, así como a las liberales y a las socialistas. Tiene connotaciones políticas, pero no aquellas que están siendo promovidas”, se afirma en una de las webs a las que se accede tecleando en un buscador de Internet ‘verdadero feminismo’[5]. No me negaréis que el lío es de campeonato.

Una de las estrategias antifeministas más eficaces consiste en presentar al feminismo no como el monstruo a batir, sino en postularse a sí mismos como cruzados del ‘verdadero feminismo’ (tergiversándolo todo). Esta reacción antifeminista representa una cierta victoria del propio feminismo: ya no les resulta rentable oponerse frontalmente a él

Aunque hasta hace poco no dudábamos en incluir al feminismo entre las propuestas políticas críticas, progresistas, de izquierdas, tendríamos que discutir hasta qué punto es posible y/o existe hoy un feminismo conservador. Yo ya tiendo, abatida, a pensar cada vez más que, efectivamente, lo hay[6]. Sin embargo, sin tener claro que exista un pensamiento feminista conservador, lo que sí afirmo con rotundidad es que no ‘todo’ pensamiento conservador sobre las mujeres es, desde luego, pensamiento feminista conservador (en el caso, ya digo, de que haya tal). ¿Me convierte eso en una feminista que pretende tener la patente? Yo creo que no.

Desde luego, no tengo la definición definitiva y, mucho menos, pretendo dar con una que me incluya a mí y a mis amigas, dejando fuera a las que no son de mi cuerda (de hecho, más que dar con la definición última de feminismo, algunas procuramos, en todo caso, ir adjetivando con nuestra práctica cómo es el feminismo que defendemos). Por supuesto que toda delimitación supone crear un ‘exterior constitutivo’, como gustan decir las derridianas, definir algo es diferenciarlo del resto. Sin una mínima definición de feminismo que excluya aquello que no lo es, tenemos un problema…

La descalificación de las feministas como ‘feminazis’ no es el único ataque que sufrimos (ni desde luego, me temo, el más eficaz). Me he referido en alguna ocasión a lo que me parece una nueva maniobra antifeminista[7]. Creo que una de las estrategias antifeministas más eficaces, decía entonces y repito ahora, consiste en presentar al feminismo no como el monstruo a batir, sino en postularse a sí mismos como cruzados del ‘verdadero feminismo’ (tergiversándolo todo en un ‘totum revolutum’ sin precedentes). Esta forma de reacción antifeminista no deja de representar una cierta victoria del propio feminismo: ya no les resulta rentable oponerse frontalmente a él, porque eso les acarrearía un considerable descrédito social. Es ridículo dudar de los logros del feminismo en los dos últimos siglos y pico -aunque cuesta todavía que aparezca con el debido reconocimiento en los libros de historia- o discutir la legitimidad de la causa de la lucha de las mujeres por nuestros derechos, cosas de las que quienes utilizan el término ‘feminazis’, más torpes, no se han percatado todavía.

Sin embargo, o ponemos un poco de orden en este barullo o va a acabar siendo el próximo Papa quien delimite el perímetro acerca de lo que es feminismo. Así se expresaba, por cierto, el mediático Juan Pablo II: “Cuando he hablado de feminismo auténtico he querido referirme a todo aquello que supone servir a la causa de la mujer. Pienso que en el camino del feminismo se han atravesado otras reivindicaciones (la revolución sexual, el miedo demográfico) que han terminado por desviar el movimiento para la liberación de la mujer de sus verdaderos fines. Por eso, considero que el verdadero feminismo tiene todavía muchos objetivos que alcanzar. Son aún frecuentes las situaciones degradantes para la mujer, que han de ser modificadas: violencia -en el ámbito social y en el ámbito doméstico-, discriminación en el acceso a la educación y a la cultura, situaciones de dominación o falta de respeto. El núcleo del verdadero feminismo es, como resulta obvio, la progresiva toma de conciencia de la dignidad de la mujer. Muy distinto es, en cambio, el núcleo de otros feminismos -de ordinario, agresivos-, que lo que pretenden es afirmar que el sexo es antropológicamente y socialmente irrelevante, limitándose su relevancia a lo puramente fisiológico”[8]. Este es un párrafo digno de un pormenorizado análisis textual.

Es una estrategia que combina la política de tierra quemada, por un lado, y la reapropiación adulterada de una parte del discurso que se pretende combatir, por otro, y que la derecha antifeminista y antimoderna ha utilizado en otras ocasiones. El feminismo es bueno, parecen decir -no les queda otro remedio que conceder una parte-, pero hasta ahí. A partir de ahí, el horror. Algo similar a lo que hacen cuando plantean que existe una supuesta laicidad positiva, no agresiva y amable con las religiones vs. lo que llaman laicismo militante inaceptable.

Cierto que la tarea de poner un poco de orden en el revoltijo reinante respecto al feminismo es hoy más difícil que nunca porque, en este mundo posmoderno en el que nos ha tocado vivir, la paradoja ha sido elevada a categoría que se repite con inaudita frecuencia. Tanta, que llega incluso a perder su carácter paradójico. Todo, absolutamente todo y su contrario, es posible. He aquí algunas ex-paradojas: hoy tenemos religión para ateos, como reza el título de un libro de Alain de Botton; una monja como Teresa Forcades (benedictina, doctora en medicina y en teología, defensora del derecho al aborto y del matrimonio homosexual, entre otras muchas cosas); una militar en la portada de Interviú mostrando sus tetas para reivindicar sus derechos como mujer en la Armada española; un simposio de Teología Queer, como el celebrado en San José, Costa Rica, en agosto del pasado año; (¿presuntos?) grupos de feministas ‘pro-vida’ (en realidad, antielección)… ¿Quién da más? ¿Qué hubiéramos dicho hace 20 años si nos hubieran hablado de cualquiera de estas combinaciones? ¿No las hubiéramos tenido directamente por autocontradictorias e imposibles?

Se acabó aquel mundo, si es que alguna vez lo hubo, en el que una raya delimitaba con claridad dónde estábamos, desde qué lugar (medianamente estable) nos pronunciábamos. Los contornos se desdibujan, la experiencia de la modernidad tardía hace que “todo lo sólido se desvanezca en el aire”, como ya decía Marx. Mil líneas nos dividen, nos fragmentan y nos enfrentan a la vez que nos agrupan en alianzas insospechadas y cambiantes, según la lucha en cuestión, el tema debatido, el momento o la circunstancia.

De acuerdo. Vale. Pero hay cosas que no tienen vuelta de hoja.


[1] Thomas Szasz, El segundo pecado, Alcor, Barcelona, 1992.[2] Judith Buttler se ha referido a este tipo de contradicción en su Excitable Speech. A Politics of the Performative (Routledge, London & New York, 1997). Sobre la distinta visión del asunto de Habermas y Rorty, cfr. Daniel Kalpokas, Richard Rorty y la superación pragmatista de la epistemología, Ediciones del Signo,  Buenos Aires, 2005, esp. pp. 134 y ss.

[3] Era presentada como “Directora del Centro de Formación Educaislam y de la Red Musulmanas”.

[4] Dejaré a un lado la nada trivial utilización del términio “templo” para descalificar lo que la autora de la frase considera feminismo hegemónico o, más modestamente diría yo, en todo caso, feminismo ‘main stream’, aunque en realidad dudo también de que las posiciones que la frase critica constituyan hoy la corriente principal del feminismo.

[5] http://www.seghea.com/pat/life/verdadero.html Sigue el texto: “[El verdadero feminismo] (…) no es la propiedad exclusiva de mujeres blancas de clase media y alta de los Estados Unidos, quienes dictan al resto del mundo qué es lo que significa ser mujer. En vez de eso, lucha por el derecho de las mujeres de no verse obligadas a someterse a la crueldad por parte de sus esposos o familiares hombres. Lucha por el derecho de la mujeres a no ser obligadas a cubrir sus cuerpos con ropajes negros en un clima desértico. Lucha por el derecho de las mujeres a no someterse a la mutilación genital. Y lucha por el derecho de las mujeres para experimentar paz y tranquilidad en el hogar y un lugar en la sociedad” [sic].

[6] ¿Podríamos incluir en él algunas propuestas y análisis como los de Jean Bethke Elshtain dentro del denominado pensamiento maternal (por ejemplo, su posición en Public Man, Private Woman de 1981)? ¿O las de Saba Mahmood en “Teoría feminista y agente social dócil: algunas reflexiones sobre el renacimiento islámico en Egipto”? (incluido en Liliana Suárez Navaz y Rosalva Aída Hernández [eds.], Descolonizando el feminismo. Teorías y prácticas desde los márgenes, Cátedra, Madrid, 2008, pp. 165-221. Cfr. también, de la misma autora: “Religious Freedom, the Minority Question, and Geopolitics in the Middle East”, Comparative Studies in Society and History, Vol. 54, Issue 02, April 2012, pp. 418-446; y “Secularism, Hermeneutics, and Empire: The Politics of Islamic Reformation”, disponible en

http://iiss.berkeley.edu/iiss-2/politics-of-religious-freedom/secularism-hermeneutics-and-empire-the-politics-of-islamic-reformation/ [Acceso: 27/12/2012]

[7] Teresa Maldonado, “Laicidad y feminismo: repercusiones en los debates sobre aborto y multiculturalidad” disponible en:

http://www.vientosur.info/articulosabiertos/VS104_Maldonado_Laicidadyfeminismo.pdf

[8] http://www.opusdei.es/art.php?p=7877 [Acceso: 24/12/ 2012] Cfr. también el impresionante “Hacia un verdadero feminismo” de Rafael Fallos (sic, y tanto!): http://www.masalto.com/template_buscador.phtml?consecutivo=1232

Font: http://www.pikaramagazine.com/2013/03/feminismos-jerarquias-y-contradicciones/

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Enviada per admin   @   10 març 2013 0 comentaris
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